Escuchaba
unos murmullos, las olas, el sol me fastidiaba. De repente me desperté. Me
había quedado dormido en la arena, desnudo. Ni bien abrí los ojos vi al caballo
y a ese jinete engreído, un cholito pintón. Nunca se bajó del caballo pero debe
ser de talla mediana. Los pelos en su cara y el sol en mi contra me
dificultaban ver su rostro. Hablaba de su casa, su empleada y otras poses de
niño pituco. Catalina lo escuchaba con atención.
Abrí los ojos
y seguía un poco mareado, las ocho latas de cerveza y el sol me habían tumbado
después de una faena de sexo a unos metros en un terreno de los pantanos de
villa. Estábamos en una de las tantas y poco conocidas playas nudistas de Lima.
Catalina me había pasado la voz durante la semana para ir ese sábado. Yo quise
armar una “manchita” y le pasé la voz a varias personas por el facebook. Todos
muy animados. La cita era para las once y a partir de las nueve de la mañana
comenzaron a disculparse como ocho personas. Según ellos les había salido algo
de improviso y no podían ir. Obviamente les dió vergüenza mostrar sus cuatro
letras al sol.
Sheyla vino a
mi casa a las once y luego pasamos por Hardy en Barranco. Nos estaba esperando
en el paradero “El Boulevard” del Metropolitano. Nos comentó que su hermano era
su vecino y que hacía taxi, es decir, que nos hacía la carrera hasta la playa.
Caminamos dos cuadras mientras acordábamos la tarifa de la movilidad. El nos
quería cobrar 10 soles por cabeza de Barranco hasta la playa en los pantanos de
Villa. Pero yo le dije que estábamos misios y que solo podíamos pagar la mitad,
a parte que no había que pagar peaje. Aceptó.
Me dió pena
el taxista. Nos demoramos como 40 minutos en ese trayecto. No por la distancia
sino por el tráfico. El sol en el tráfico me quemó el brazo que sobresalía por
la ventana del auto. Algunas veces a tal punto que quería gritar, de verdad me
estaba quemando. Para refrescarnos entre tanto calor comenzamos a sacar las
chelas. Yo había llevado seis y Sheyla otras seis. Estaba con sed. Las clases
de verano habían comenzado y durante la semana no tuve ni un respiro, los
cursos son acelerados. El sábado tenía que quitarme ese estrés de encima.
El taxi nos
dejó en Venecia y de ahí teníamos que caminar como veinte minutos hacia los
pantanos. La arena nos quemaba las plantas de los pies, decidimos caminar
pegados al mar tratando de buscar la arena húmeda pero no quisimos mojarnos los
pies todavía. Ya desde la entrada a la playa se podía ver que el lado izquierdo
estaba súper poblado de gente y el derecho era un descampado total. Conforme
nos alejábamos de la gente e íbamos terminando las chelas, las ganas de follar
se me hacían más intensas. Llegamos.
Catalina nos
había estado esperando ahí desde hace una hora. Nos saludamos, cruzamos un par
de palabras, nos instalamos. A los diez minutos les dije, ya vengo, voy a
orinar. No encontré mayor excusa, sabía que el lugar para el sexo al aire libre
estaba a unos pasos detrás de esa larga pared que marcaba el comienzo de
territorio privado. Aquel muro tenía varios huecos que manifestaban que el
terreno estaba abandonado. Cosa que no era cierta. Detrás de la pared, sin
duda, había gran terreno desierto mezclado con el pantano pero al fondo había
una casa escondida entre árboles de plátanos y palmeras. No bastó ni dar la vuelta
al muro para que empezara la acción. Estuve ahí parado, sofocandome de tanto
follar bajo el sol. Algunas veces levanté la mirada y pude ver difícilmente al
jinete cruzar con su caballo el muro y perderse entre los árboles. Habrá ido y
venido unas dos veces. Seguro me habrá visto, no lo sé. El sol me cegaba a
veces, no podía distinguir bien. Pasé un buen tiempo ahí, no solo follando,
también tratando de ver lo que otros hacían.
Después del
orgasmo regresé a donde supuestamente estaban mis amigos. Me asusté. No
estaban. No habían ni toallas, ni ropa, mi mochila, nada. Estaba ahí desnudo,
solo. Voltié y me di cuenta que se habían acomodado unos treinta metros más
allá. Para cuando llegué el efecto post sexo y el alcohol me tiraron sobre la
toalla y cerré los ojos. Dormí.
Habré dormido
unos treinta minutos.
Cuando Sheyla
vió que abrí los ojos, me dijo, ya vamos, quiero ir a la piscina. Justo en la
entrada a Venecia hay varios restaurantes con piscina y toboganes que nos
llamaron la atención. Entré unos veinte minutos más al mar y nos alistamos otra
vez para ir a la piscina. Sin bien el chapuzón en el mar te refrescaba, el
estar en la playa es algo incómodo. A veces prefieres una piscina limpia y
colchonetas alrededor donde echarse cómodamente a tomar sol. Los toboganes
fueron la sensación y la cumbia y la comida le pusieron el sabor a la tarde
sabatina. Aunque si no hubiese sido por Sheyla, que me insistía tanto por ir a
los restaurantes, me hubiese quedado un par de horas más en la playa nudista.